El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cuando Lady Wondershoot se enteró de que aquel asombroso niño había hecho estallar sus hermosas ropas de caridad, decidió hablar con Caddles ella misma en persona. Caddles compareció con el pelo precipitadamente mojado y alisado con la mano, sin aliento y agarrado al ala de su sombrero como si fuese un salvavidas; el pobre hombre dio un traspiés con el borde de la alfombra debido a su confusión.
A Lady Wondershoot le gustaba ser impertinente con Caddles. Para ella Caddles era el ideal del individuo de la clase baja: deshonesto, fiel, abyecto, trabajador e inconcebiblemente incapaz de responsabilidad. Le hizo saber que aquello era una cosa muy seria, es decir, que el modo como iba creciendo el niño era un asunto muy serio.
—Es su apetito, Milaty —dijo Caddles levantando el tono de la voz—. Deténgale el crecimiento, Milady, verá cómo no puede… Está allí echado, Milady, ¡y pega cada patada! Y chilla de un modo que nos desespera. Nos parte el corazón, Milady. Y si aguantáramos sin hacer nada, los vecinos intervendrían y podría ocurrir lo peor…
Lady Wondershoot consultó al médico parroquial.
—Lo que yo quisiera saber —dijo Lady Wondershoot— es si está bien que este niño se trague esa gran cantidad de leche.