El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La señora Skinner estaba arrancando cebollas del huerto que habÃa frente al cottage de su hija cuando vio a Redwood atravesar la verja del jardÃn. Se quedó un momento «consternada», como dicen los aldeanos, y luego, cruzándose de brazos y con el manojito de cebollas colocadas defensivamente bajo el codo izquierdo, esperó que se acercara. La boca de la mujer se abrió y cerró varias veces, farfulló algo con su diente único y con la rapidez del parpadeo de una luz de arco voltaico hizo una profunda reverencia.
—Pensé que la encontrarÃa —dijo Redwood.
—Creyó usted bien, señor —dijo ella, sin ninguna alegrÃa.
—¿Dónde está Skinner?
—No me ha escrito, señor, ni una sola vez, ni ha venido por aquà desde que yo vine, señor.
—¿No sabe usted lo que puede haberle sucedido?
—Como no ha escrito, no, señor.
Y dio un paso ladeado hacia la izquierda, con la imperfecta idea de cortar a Redwood el camino hacia la puerta del granero.
—Nadie sabe lo que ha sido de él —dijo Redwood.
—Yo dirÃa que él si lo sabe —repuso la señora Skinner.
—Pues no lo dice.