El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Siempre ha sabido salir de apuros dejando que los demás se arreglarÃa como pudieran. Asà ha sido siempre Skinner… Aunque es muy inteligente.
—¿Dónde está el niño? —preguntó Redwood bruscamente.
Ella se hizo repetir la pregunta.
—Ese niño del que tanto se habla, el niño a quien ha estado usted dando nuestro producto… el niño que pesa catorce kilos.
La señora Skinner hizo unos gestos con las manos al tiempo que se le caÃan las cebollas.
—De veras señor —protestó—, que no sé lo que quiere decir, señor. Mi hija, la señora Caddles, tiene un hijo, es verdad, pero…
Hizo una acusada reverencia e intentó adoptar una actitud inocentemente inquisitiva inclinando la nariz a un lado.
—Es mejor que me deje ver ese niño, señora Skinner —dijo Redwood.
—Está claro, señor, que puede haber caÃdo en un botecillo de Nicey que di a su padre cuando vino a la granja a verme, o un poquitÃn, tal vez, de lo que pude haber traÃdo conmigo, digamos. ¡Como tuve que hacer los paquetes con tanta prisa…!
—¡Ah! —exclamó Redwood después de haber acariciado al niño unos momentos—. ¡Oh…!