El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se oyó un ruido de ruedas y de cascos, y los caballos tordos de Lady Wondershoot se hicieron visibles. Redwood observó los semblantes del cochero y el lacayo mientras se iba acercando el carruaje. El cochero era un buen ejemplar, macizo y bonachón, y conducía con una especie de dignidad sacramental. Otros podían dudar de su vocación y posición en el mundo; él, desde luego, estaba completamente seguro: conducía a la señora. El lacayo estaba sentado a su lado, con los brazos cruzados y un rostro de certidumbres. Luego, la misma gran dama se hizo visible, con un sombrero y un manto inelegantes y escrutándolo todo a través de sus lentes. Dos señoritas, alargando los cuellos, escrutaban también.
El vicario, al pasar al otro lado, se quitó el sombrero de su frente davídica sin que le hicieran el menor caso…
Redwood permaneció de pie en el umbral de la puerta, mucho tiempo después de haber pasado las damas, con las manos juntas tras él. Su mirada fue desde los verdegrises altos y bajos de la loma al cielo aborregado y de allí a la tapia coronada de trozos de vidrio. Se volvió hacia la fría penumbra del interior, y entre manchas y trazas de color contempló a aquel niño gigante, en medio de tinieblas rembrandtescas, desnudo excepto unos pañales de franela, sentado sobre un enorme brazado de paja y jugando con los dedos de los pies.
—Ya empiezo a ver lo que hemos hecho —dijo.