El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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VII

Pero ni siquiera un lugar tan recluido como Cheasing Eyebright podía descansar mucho tiempo en la teoría de la hipertrofia, fuera contagiosa o no, en vista del griterío creciente motivado por el Alimento. Al poco tiempo hubo penosos pedidos de explicaciones para la señora Skinner… explicaciones que la redujeron a un inarticulado farfulleo de único diente… explicaciones que la sondearon y escudriñaron y la dejaron en evidencia, hasta que por fin se vio obligada a refugiarse de la universal convergencia vituperante en la dignidad de una inconsolable viudez. Volvió sus miradas —que procuró fuesen lacrimosas— hacia la encolerizada dama de la Mansión y, secándose las jabonaduras de las manos, dijo:

—Olvida usted, Milady, lo que yo estoy pasando.

Y prosiguió con tono de advertencia, con cierto aire de reto:

—Es en él en quien pienso noche y día, Milady. Frunció los labios y su voz se hizo más apagada y vacilante: —Era muy importante para mí, Milady.

Y habiendo dejado sentado su criterio en este terreno, la señora Skinner repitió la afirmación que la dama aquella había rechazado antes:

—Yo no tenía más idea de lo que le daba al niño, Milady, de la que podía haber tenido cualquier otra persona…


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