El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Pero ni siquiera un lugar tan recluido como Cheasing Eyebright podÃa descansar mucho tiempo en la teorÃa de la hipertrofia, fuera contagiosa o no, en vista del griterÃo creciente motivado por el Alimento. Al poco tiempo hubo penosos pedidos de explicaciones para la señora Skinner… explicaciones que la redujeron a un inarticulado farfulleo de único diente… explicaciones que la sondearon y escudriñaron y la dejaron en evidencia, hasta que por fin se vio obligada a refugiarse de la universal convergencia vituperante en la dignidad de una inconsolable viudez. Volvió sus miradas —que procuró fuesen lacrimosas— hacia la encolerizada dama de la Mansión y, secándose las jabonaduras de las manos, dijo:
—Olvida usted, Milady, lo que yo estoy pasando.
Y prosiguió con tono de advertencia, con cierto aire de reto:
—Es en él en quien pienso noche y dÃa, Milady. Frunció los labios y su voz se hizo más apagada y vacilante: —Era muy importante para mÃ, Milady.
Y habiendo dejado sentado su criterio en este terreno, la señora Skinner repitió la afirmación que la dama aquella habÃa rechazado antes:
—Yo no tenÃa más idea de lo que le daba al niño, Milady, de la que podÃa haber tenido cualquier otra persona…
