El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Al poco tiempo se vio que el efecto producido por el gigante sobre los caballos que no estaban acostumbrados a verlo era igual que el de un camello y, por lo tanto, se le conminó a mantenerse lejos de la carretera, ni siquiera acercarse al vivero de árboles (donde su sonrisa bobalicona por encima de la tapia había exasperado extraordinariamente a Lady Wondershoot), sino que se apartara de allí todo lo posible. Fue esta una ley que nunca llegó a cumplir del todo a causa del gran interés que para él tenía la carretera. Pero transformó lo que había sido su constante punto de referencia en un placer secreto. Por fin quedó limitado casi enteramente a la zona de pastoreo y los campos fuera del pueblo.
No sé lo que hubiese hecho a no ser por los campos. Allí había espacios por donde vagar millas y millas, y por estos espacios vagaba. Desgajaba ramas de los árboles y hacía con ellas grandes ramilletes insensatos, hasta que también esto le fue prohibido. Cogía las ovejas y las ponía en bien formadas hileras, de las que las ovejas se escapaban en seguida (cosa que le hacía invariablemente reír a carcajadas) hasta que también esto le fue prohibido. Cavaba en la turba grandes hoyos injustificables, hasta que también esto le fue prohibido…