El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Vagabundeaba por la meseta hasta la colina que se yergue por encima de Wreckstone, pero no iba más allá, porque allí ya empezaba la tierra de cultivo, y los campesinos, a causa de sus depredaciones sobre sus cosechas de raíces comestibles e inspirados por una especie de timidez hostil que su presencia frecuentemente provocaba, azuzaban contra él sus perros ladradores para ahuyentarle. Hasta lo amenazaban y fustigaban con látigos. Incluso me han dicho que llegaron a disparar contra él con escopetas. Y en la otra dirección llegaba hasta otear Hickleybrow. Desde lo alto de Thursley Hanger podía ver el ferrocarril de Londres a Chatham y Dover, pero una serie de campos arados y una aldea sospechosa impedían su aproximación.
Y después aparecieron unos grandes tableros con inscripciones en letras rojas que le impedían el paso en todas direcciones. No podía entender lo que decían las letras: «Prohibido el paso», pero al cabo de poco tiempo lo comprendió. Se lo podía ver en aquellos días, por los pasajeros del tren, sentado, con el mentón apoyado en las rodillas, encumbrado en lo alto del altozano, muy cerca de las minas de yeso de Thursley, donde más tarde se le puso a trabajar. El tren parecía inspirarle una borrosa emoción amistosa y a veces lo saludaba con su enorme manaza, y otras veces saludaba con un rústico grito incoherente.