El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Qué grande es! —exclamaban los pasajeros asomados a las ventanillas—. Es uno de estos niños del Alimento Estrella. Según dicen, es completamente incapaz de hacer nada por sà mismo… Es un poco idiota en realidad y una gran carga para la localidad.
—Los padres son muy pobres, según me han dicho.
—Viven de la caridad de los hacendados locales.
Todo el mundo se quedaba contemplando durante un buen rato aquella figura monstruosa sentada en la colina.
—Suerte que se ha puesto término a eso —indicaba alguien con amplias ideas—, porque bueno serÃa que tuviéramos unos cuantos millares de esos con vistas a la contribución, ¿no?
Y generalmente siempre habÃa algún dechado de sensatez que le dijera al filósofo de marras, en tono de cálida aprobación:
—Tiene usted toda la razón, señor.