El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Haciendo acopio de espíritu emprendedor, gracias a la impunidad de que gozaba, empezó a construir pueriles obras hidráulicas. Cavó hasta construir un enorme puerto para su flota de papel con la puerta de un cobertizo que le sirvió de pala, y como que daba la casualidad que entonces nadie observaba sus operaciones, trazó un ingenioso canal que, incidentalmente, inundó la nevería de Lady Wondershoot, y finalmente estancó el río. Lo embalsó atravesándolo con unas cuantas vigorosas puertadas de tierra —tuvo que haber trabajado como una avalancha— y una de las más asombrosas inundaciones penetró en el sembradío y arrastró a la señorita Spinks con su caballete y el esbozo de la acuarela más prometedora que nunca hubiese empezado. En realidad lo que se llevó fue el caballete, dejándola a ella empapada hasta las rodillas y con las faldas lamentablemente recogidas en su huida hacia la casa. De allí las aguas invadieron el huerto, del huerto pasaron por la puerta del prado al camino y del camino otra vez al cauce del río por la zanja de Short.
Mientras tanto, el vicario, interrumpiendo su conversación con el herrero, se quedó estupefacto al ver cómo unos desgraciados peces saltaban de unas charcas residuales donde habían quedado encallados, y al ver asimismo grandes montones de algas verdes en el cauce del río donde diez minutos antes había habido más de dos metros y medio de agua clara y transparente.