El alimento de los dioses
El alimento de los dioses »Y las hormigas, sin duda alguna, también influyeron en ello… «Como todo estaba trastornado y no había paz ni quietud en ninguna parte, dijo que creía que en Montecarlo se encontraría tan bien como en cualquier otra parte. Y allí se fue…
«Jugó con mucha audacia, según me dijeron. Y murió en un hotel allí. Es un final muy triste… Exilio… No, no es lo que puede considerarse más conveniente, ni más a propósito… Era una de las cabezas más señeras de nuestra Inglaterra… Desarraigada. ¡Vaya…!
»¡Y después de todo —repitió el vicario—, ha resultado tan poco! ¡Una verdadera lata, y nada más! ¡Los niños no pueden correr por ahí con la libertad con que solían hacerlo en otro tiempo, con el peligro que hay en mordeduras y qué sé yo! Quizá sea mejor así… Se habló mucho de que este producto lo revolucionaría todo… Pero hay algo que desafía todas estas fuerzas de lo Nuevo… Yo no lo sé, por supuesto. No soy ninguno de estos filósofos modernos… que lo explican todo a base de éter y átomos. Evolución. Porquerías así. Lo que yo quiero decir es algo que no se halla incluido en las… “ologías”. Es cuestión de razón, no de comprensión. Madura sensatez. Naturaleza humana. Aereperennius… Llámese como se quiera». Y así llegó al final de su vida.