El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Caddles no volvió la cabeza. Nunca supo que el vicario, aquel vicario que había jugado un papel tan importante en su vida, lo estaba mirando por última vez, después de haberlo mirado innumerables veces… y ni siquiera supo que se encontraba allí. (¡Así ocurren tantas despedidas!). El vicario quedó impresionado por el hecho de que, después de todo, nadie en el mundo podía tener la menor idea de lo que pensaba aquel gran monstruo cuando consideraba conveniente descansar de sus labores. Pero el vicario era demasiado indolente para seguir el hilo de aquel tema novísimo aquel día, y de esta nueva idea retrocedió a sus antiguas ideas rutinarias.
—Aere perenniuf —susurró, caminando de vuelta a su casa, por un sendero que ya no atravesaba en línea recta el prado como antes, sino que se torcía en varios circuitos para evitar los recién brotados matojos de hierba gigante—. ¡No! Nada ha cambiado. Las dimensiones no son nada. El simple ciclo, la senda común…
Y aquella noche, sin el menor dolor, sin tener conocimiento de ello, se fue por la senda común, dejando el Misterio del Cambio que se había empeñado en negar durante toda su vida.