El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Allí, y en menor escala, la experiencia de la Granja Experimental se había repetido una y otra vez. Había sido en las cosas de la vida más inferiores y accidentales, debajo de los pies y en los solares y sitios deshabitados, de un modo irregular, donde se había declarado la invasión de las nuevas fuerzas y los resultados a ellas debidos. Había grandes patios malolientes y recintos hediondos donde alguna invencible manigua de hierbajos procuraba el combustible para una maquinaria gigante (los pequeños cockneys iban a contemplar su oleaginosidad mediante una propina de seis peniques a los hombres encargados de su manejo). Había carreteras y pistas para camiones y otros vehículos, carreteras construidas con las fibras entretejidas del esparto hipertrofiado; había torres con sirenas de vapor a punto de empezar a aullar a la menor alarma, para advertir al mundo contra cualquier nueva insurgencia de los insectos, o, lo que todavía era más raro, venerables campanarios de iglesias conspicuamente adaptados a una máquina de proferir chillidos. Había pequeños refugios pintados de rojo y guarnecidas plazas de armas, cada una de ellas provista de su rifle de un alcance de trescientos metros, donde los tiradores se ejercitaban diariamente con munición de salva contra unos blancos que tenían la forma de ratas monstruosas.



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