El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Seis veces, desde el día de los Skinner, había habido irrupciones de ratas gigantes, siempre procedentes de las cloacas del sudoeste de Londres, y aquello ya se aceptaba como un hecho consumado, del mismo modo que en el delta del Ganges, al lado mismo de Calcuta, se acepta que haya tigres…

El hermano había comprado un periódico, con cierta precipitación, en Sandling, y aquel periódico al fin logró llamar la atención del libertado. Desdobló las hojas de aquel periódico que le era tan extraño —parecía más pequeño de tamaño, pero con más hojas y unos tipos de imprenta diferentes de los que se usaban antes— y vio innumerables grabados representando cosas extrañas sin el menor interés, y con largas columnas de letra impresa cuyos titulares tenían para él tan poco significado como si hubiesen sido escritos en lengua extranjera: «Gran discurso del señor Caterham», «Las leyes del Alimento Estrella…».

—¿Quién es este Caterham? —preguntó en un intento de volver a entablar conversación.

—Un tío que está muy bien —contestó el hermano.

—¡Ah…! Será un político, ¿eh?

—Va a derribar al Gobierno. ¡Ya era hora!

—¡Oh! —reflexionó—. Supongo que todos los que yo conocía… Chamberlain, Rosebery, todos… ¿Qué?


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