El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Su hermano le habÃa cogido de la muñeca y señalaba fuera de la ventanilla.
—¡Son los Cossar…!
Los ojos del ex presidiario siguieron la dirección que señalaba el dedo de su hermano y vieron…
—¡Dios mÃo! —exclamó, sobrecogido de pasmo por primera vez.
El periódico cayó en un olvido definitivo a sus pies. A través de los árboles podÃa ver muy distintamente, de pie y en una actitud cómoda, con las piernas muy separadas y sosteniendo una pelota en la mano como si estuviera a punto de arrojarla, una figura humana gigantesca, que bien tendrÃa doce metros de estatura. Aquella figura brillaba bajo la luz del sol, vestida con un traje de placas de metal blanco y llevando un ancho cinto de acero. Durante un momento atrajo toda su atención, pero después la mirada se desvió para enfocar a otro gigante más lejano, que se preparaba para tomar la pelota, y entonces se le hizo patente que toda aquella zona de las colinas del norte de Sevenoaks habÃa sido arrasada con finalidades gigantescas.