El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Un enorme parapeto dominaba la cantera de pizarra, y en aquel parapeto se habÃa edificado la casa, una monstruosa mole egipcia, achaparrada, que Cossar habÃa construido para sus hijos cuando el enorme cuarto de los niños hubo sido considerado insuficiente, y detrás se levantaba un gran cobertizo que podÃa haber albergado una catedral, de cuya oscuridad salÃa de vez en cuando una intermitente incandescencia y un titánico martilleo ensordecedor. Luego volvió a fijarse en el gigante al ver que la gran pelota de madera forrada en hierro se desprendÃa de su mano para elevarse en el aire.
Los dos hombres se pusieron de pie, los ojos muy abiertos. La pelota parecÃa grande como un tonel.
—¡Cogida! —exclamó el recién salido de la cárcel, mientras un árbol le impedÃa ver al que habÃa lanzado la bola.
Desde el tren se pudieron ver todas estas cosas sólo durante una fracción de minuto. Luego se interpusieron árboles el tren penetró en el túnel de Chislehurst.
—¡Dios mÃo! —volvió a exclamar el ex presidiario al hacerse la oscuridad—. ¿Cómo es posible? ¿Estaré soñando? ¡Si el tÃo ese es tan alto como una casa!
—Son los jóvenes Cossar —explicó el hermano moviendo la cabeza alusivamente—. De ahà es de donde viene todo el jaleo…