El alimento de los dioses

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La señora Skinner era una vieja pequeñita, con la cabeza descubierta, dejando a la vista un sucio pelo cano aplastado apretadamente hacia atrás y enmarcando un rostro que había sido siempre, y ahora lo era todavía más, gracias a la pérdida de los dientes, al hundimiento del mentón y al encogimiento de todo lo demás, casi exclusivamente… una nariz. Llevaba un vestido de color de pizarra (si podía decirse que tenía algún color) remendado en algunos lados con lanilla roja. La mujer recibió al señor Bensington y le habló con cierta cautela, mirándolo por encima y alrededor de su propia nariz, mientras el señor Skinner, según dijo concluía de arreglarse. Tenía un solo diente y se apretaba nerviosamente las flacas y arrugadas manos. Explicó a Bensington que había tratado con aves de corral durante muchos años y que conocía muy bien las incubadoras. En realidad, ellos habían tenido, en otra época, una granja aviar que fracasó por falta de pupilos.

—Son los pupilos los que producen beneficios —dijo la señora Skinner.





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