El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Cuando Skinner hizo su aparición, se vio que era un hombre de rostro alargado, ceceante y bizco, con una mirada que le hacía desviar los ojos por encima de la cabeza de la gente. Llevaba unas zapatillas cortajeadas, cosa que le hizo simpático al señor Bensington. Exhibía una escasez manifiesta de botones que le obligaba a asir la chaqueta y camisa con una mano, mientras con el índice de la otra trazaba figuras sobre el mantel negro y dorado. Con el ojo suelto contemplaba, como si dijéramos, la espada de Damocles sobre la cabeza del señor Bensington, con expresión de triste indiferencia.

—¿Uzted no quiere dirigir eza granja para zacar provecho? ¿No? Ez igual, ceñor. ¿Ezperimentoz? ¡Bien!

Dijo que podían trasladarse a la granja en seguida. No estaba haciendo nada de particular en Dunton Green, aunque trabajaba un poco de sastre.

—Ezte pueblo no ez lo que yo creía, y lo que gano ez poco —dijo—, de modo que ci uzted quiere ya podemoz…

Al cabo de una semana, el señor y la señora Skinner ya se hallaban instalados en la granja, y el carpintero que había ido de Hickleybrow alternaba la tarea de levantar cobertizos y gallineros con una sistemática discusión acerca del señor Bensington.


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