El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —No lo he vizto mucho todavÃa —decÃa el señor Skinner—, pero por lo vizto de él me parece que ce trata de un eztúpido o de un imbécil.
—Ya me pareció a mà que estaba algo chalado —dijo el carpintero de Hickleybrow.
—Ce cree que zabe mucho de avez —prosiguió Skinner— ¡Ay, Dioz mÃo! ¡Ce dirÃa que nadie entiende nada de avez de corral, fuera de él!
—¡Con esas gafas que lleva —dijo el carpintero de Hickleybrow— parece una gallina!
Skinner se acercó al carpintero de Hickleybrow y le habló confidencialmente, un ojo mirando, con tristeza el pueblo lejano y el otro brillante y taimado.
—Hay que tomar laz medidaz… todoz loz malditoz diaz, de todaz laz malditaz gallinaz. Para ver ci crecen bien. ¿Qué tal…? ¿Eh? Cada una de laz malditaz gallinaz todoz loz dÃaz.
Y el señor Skinner se tapó la boca con la mano para reÃrse de un modo refinado y contagioso, sacudiendo los hombros exageradamente. Sólo su otro ojo evitó de participar en el regocijo. Luego, por si el carpintero no hubiese visto la intención, repitió, con un penetrante susurro:
—¡Tomar laz medidaz!
—Está peor aún que nuestro viejo amo, y que me ahorquen si me equivoco —dijo el carpintero de Hickleybrow.