El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El trabajo experimental es lo más aburrido del mundo si exceptuamos los artÃculos sobre esa clase de trabajos en los Anales Filosóficos, y a Bensington le pareció que habÃa transcurrido mucho tiempo desde que su primer ensueño sobre las enormes posibilidades implicadas fue reemplazado por una migaja de realidad. Se habÃa hecho cargo de la Granja Experimental en octubre, y hasta mayo no consiguió los primeros indicios de éxito. Tuvo que probar las Heracleoforbias, I, II y III, que fueron rotundos fracasos, hubo dificultades con las ratas de la Granja Experimental y también hubo dificultades con los Skinner. La única manera de conseguir que Skinner hiciera algo de lo que se le habÃa dicho era amenazarlo con el despido. Entonces se rascaba la barbilla sin afeitar —siempre estaba sin afeitar del modo más milagroso, puesto que nunca llegaba a brotarle la barba del todo— con la palma de la mano, y mirando al señor Bensington con un ojo y por encima de él con el otro, decÃa:
—¡Oh! ¡Claro, ceñor Bencington…, ci lo dice en cerio…!
Pero por fin surgieron los primeros indicios del éxito. Y su heraldo fue una carta escrita con la caligrafÃa alargada y esbelta del señor Skinner:
