El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El hermano menor habÃa abrigado el propósito de hacer algo magnÃfico, de celebrar este retorno a la vida con una cena en algún restaurante de categorÃa, una comida a la que siguiera toda aquella relumbrante sucesión de impresiones que los Music Halls de aquellos dÃas eran capaces de dar. Era un plan benemérito que tenÃa como finalidad borrar los más superficiales estigmas del encarcelamiento con una exhibición de libertad, pero el segundo punto del plan tuvo que modificarse. La comida se celebró, pero habÃa ya un deseo más poderoso que el ansia de ver shows, más eficaz en apartar de la mente del hombre la siniestra preocupación con su pasado que cualquier teatro, y este deseo era, en realidad, una enorme curiosidad y perplejidad sobre el Alimento Estrella y los niños del Estrella, esa nueva portentosa raza de gigantes que parecÃa dominar el mundo.
—No conozco el intrÃngulis del asunto —dijo—. Estos niños me obsesionan.
Su hermano tuvo la suficiente delicadeza para dejar de lado la proyectada hospitalidad.
—La fiesta se hace en tu honor, muchacho —dijo—. Intentaremos entrar en el mitin monstruo que se celebra en el Palacio del Pueblo.
