El alimento de los dioses

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Por fin, el hombre recién salido de presidio tuvo la suerte de encontrarse metido como una cuña en medio de una muchedumbre apretujada y mirando desde lejos un pequeño estrado brillantemente iluminado, debajo de un órgano y una galería. El organista había estado tocando algo que hizo resonar rítmicamente las botas de los que iban entrando en la sala a raudales, pero eso ya había terminado.

Apenas el hombre recién salido del presidio había podido sentarse y empezar a discutir con un impertinente caballero extranjero que daba codazos a diestro y a siniestro, entró Caterham. Salió de la penumbra hacia el centro del estrado, apareciendo como un insignificante pigmeo, una figurilla negra con una pincelada de color de rosa por cara —de perfil podía verse su característica nariz aquilina—, una pequeña figura que iba levantando inexplicablemente una salva de aplausos. Una salva de aplausos que se inició a lo lejos, que aumentó en seguida de volumen y que se extendió por toda la sala. Al principio, se produjo en el estrado un minúsculo barboteo de voces, que pronto cobraron ímpetu como una llamarada de sonido, atravesando la masa humana entera que había dentro y fuera del edificio. ¡Cómo aplaudieron…! ¡Hurra…! ¡Hurra!



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