El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Nadie entre aquella mirada aplaudÃa como el hombre salido de presidio. Las lágrimas le resbalaban por la cara, y sólo dejó de aplaudir porque se atragantaba. Tenéis que haber estado en la cárcel tanto tiempo como él estuvo para que podáis comprender, incluso empezar a comprender, lo que significa para un hombre dar rienda suelta a sus pulmones en medio de una multitud. (Sin embargo, a pesar de todo, ni siquiera pretendió hacerse creer a sà mismo que sabÃa el motivo de toda aquella emoción). ¡Hurra…! ¡Oh, Dios mÃo…! ¡Hurra!
Después se hizo un breve silencio. Caterham habÃa adoptado un aire de paciencia, y unos individuos estaban diciendo y haciendo un sinfÃn de cosas serias e insignificantes. Era como si se oyeran voces en medio del ruido de las hojas en la primavera.
—Wawawawa…
¿Qué importancia tenÃa? Los del público se hablaban unos a otros.
—Wawawawa wa…
¿No acabarÃa nunca de gesticular aquel tonto del pelo entrecano? ¿Interrumpiendo? ¡Claro que estaban interrumpiendo!
—Wa, wa, wa, wa…
¿Pero es que vamos a oÃr a Caterham mejor?