El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El «wawawawa» se interrumpió bruscamente.
Ya está. Ya se sienta. ¡SÃ! ¡No! ¡SÃ! ¡Es Caterham!
—¡Caterham! ¡Caterham! —Y volvieron a resonar los aplausos.
Tiene que haber una gran multitud para que pueda hacerse un silencio como el que siguió a aquel desorden de aplauso. Un hombre solo en el desierto… Es una quietud muy especial, sin duda, pero él se siente respirar, se siente mover, siente toda clase de cosas. AquÃ, lo único que se oÃa era la voz de Caterham, una voz brillante y clara, como una lucecita ardiendo en un nicho de terciopelo negro. ¡Escuchad escuchad! Se lo oÃa como si estuviera hablando junto a uno.
Aquello resultó estupendamente efectivo para el hombre recién salido de la cárcel, dentro de un halo de exquisitos y temblorosos sonidos. Detrás del halo, eclipsados en parte, estaban sentados en el estrado los partidarios, y en primer término se extendÃa una vastÃsima perspectiva de innumerables espaldas y perfiles, una grandiosa multitud atenta. Aquella figurilla parecÃa haber absorbido la sustancia de todos los asistentes al acto.
Caterham habló de nuestras antiguas instituciones.
—¡OÃdoÃdoid! —bramaba la muchedumbre.