El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡OÃd! ¡OÃd! —exclamaba el hombre recién salido de presidio.
El orador hablaba de nuestro antiguo espÃritu de orden y justicia.
—¡OÃdoÃdoÃd! —bramaba la muchedumbre.
—¡OÃd! ¡OÃd! —gritaba el hombre recién salido de la cárcel, hondamente conmovido.
Caterham habló luego de la sabidurÃa de nuestros antepasados, del lento desarrollo de venerables instituciones de tradiciones morales y sociales que se adaptaban como un guante a las caracterÃsticas nacionales inglesas.
—¡OÃd! ¡OÃd! —gemÃa el hombre recién salido de presidio, con lágrimas de excitación en las mejillas.
Y el orador seguÃa diciendo que todas estas cosas se nos iban de las manos. ¡SÃ, se nos iban de las manos! Porque tres hombres de Londres habÃan tenido la idea, veinte años atrás, de hacer una mixtura indescriptible y ponerla dentro de una botella, todo el orden y la santidad de las cosas…
Se oyeron gritos:
—¡No! ¡No!
—Bueno, pues —siguió diciendo el orador—, las cosas no pueden continuar asÃ, y es necesario despedirse de toda vacilación, es necesario hacer acopio de fuerzas…