El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El hombre recién liberado salió por último de la sala, maravillosamente agitado y con aquellas señales inconfundibles en el rostro propias del que ha tenido una visión. Él ya sabía y todo el mundo sabía. Sus ideas ya no eran vagas. Había vuelto a un mundo en crisis, a la inmediata decisión de una solución estupenda. Debía jugar su parte en el gran conflicto como un hombre… un hombre libre y responsable. El antagonismo se le representó como una imagen. Por un lado aquellas figuras gigantescas, contentas de sí mismas, cubiertas de cota de malla, que había visto por la mañana —que ahora podía contemplar bajo una luz diferente—, y por otro lado, aquella figurilla vestida de negro gesticulando bajo la luz de las candilejas, aquel pigmeo con su ordenado raudal de melodiosa persuasión, con su vocecilla penetrante, John Caterharn… «Pulgarcito, el matador de gigantes». Todos debían unirse para «coger la ortiga» antes de que fuera «demasiado tarde».