El alimento de los dioses
El alimento de los dioses De todos los niños que habÃan tomado el Alimento de los Dioses, los más altos, más fuertes y más observados eran los tres hijos de Cossar. La milla aproximada de terreno, cerca de Sevenoaks, donde transcurrieran sus infancias y adolescencias, quedó tan surcada de trincheras, tan excavada y tan retorcida, tan sembrada de cobertizos y enormes modelos mecánicos y de los juegos de sus potencialidades en vÃas de desarrollo, que no se parecÃa a ningún otro sitio de la tierra. Y ya hacÃa mucho tiempo que habÃa empezado a ser pequeño para todo lo que ellos intentaban hacer. El mayor de los hijos era un gran proyectista de máquinas con ruedas. Se habÃa construido una especie de bicicleta gigante que no cabÃa en ninguna carretera del mundo ni habÃa puente que la pudiera aguantar. Y allà se habÃa quedado aquella gran máquina de ruedas y mecanismos, capaz de hacer doscientas cincuenta millas por hora, excepto en los momentos en que su inventor se decidÃa a montar en ella para ir adelante y atrás, en medio de aquel patio de trabajo, lleno de estorbos por todas partes. TenÃa la intención de dar una vueltecita por el pequeño mundo con aquel trasto y lo habÃa construido con esta intención, mientras no era más que un muchacho lleno de ensueños. Ahora los radios de las ruedas corroÃdos por la herrumbre y las manchas parecÃan heridas en todos los sitios donde el esmalte habÃa saltado.