El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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III

De todos los niños que habían tomado el Alimento de los Dioses, los más altos, más fuertes y más observados eran los tres hijos de Cossar. La milla aproximada de terreno, cerca de Sevenoaks, donde transcurrieran sus infancias y adolescencias, quedó tan surcada de trincheras, tan excavada y tan retorcida, tan sembrada de cobertizos y enormes modelos mecánicos y de los juegos de sus potencialidades en vías de desarrollo, que no se parecía a ningún otro sitio de la tierra. Y ya hacía mucho tiempo que había empezado a ser pequeño para todo lo que ellos intentaban hacer. El mayor de los hijos era un gran proyectista de máquinas con ruedas. Se había construido una especie de bicicleta gigante que no cabía en ninguna carretera del mundo ni había puente que la pudiera aguantar. Y allí se había quedado aquella gran máquina de ruedas y mecanismos, capaz de hacer doscientas cincuenta millas por hora, excepto en los momentos en que su inventor se decidía a montar en ella para ir adelante y atrás, en medio de aquel patio de trabajo, lleno de estorbos por todas partes. Tenía la intención de dar una vueltecita por el pequeño mundo con aquel trasto y lo había construido con esta intención, mientras no era más que un muchacho lleno de ensueños. Ahora los radios de las ruedas corroídos por la herrumbre y las manchas parecían heridas en todos los sitios donde el esmalte había saltado.


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