El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Tendrás que hacer primero una carretera para la bicicleta, hijo —le habÃa dicho Cossar—. De lo contrario, dudo que puedas irte por ahÃ.
AsÃ, pues, un buen dÃa, el joven gigante y sus hermanos se pusieron a trabajar para hacer una carretera que diera la vuelta al mundo. Parece que era inminente un conato de oposición, y ellos se habÃan puesto a trabajar con notable vigor. La gente los descubrió muy pronto construyendo aquella carretera: varias millas ya niveladas, comprimidas y terminadas. Una ingente muchedumbre de excitados individuos, terratenientes, corredores de tierras, autoridades locales, abogados, policÃas y hasta soldados, se opuso a que continuaran su labor.
—Estamos haciendo una carretera —explicó el mayor de los chicos.
—Hagan las carreteras que quieran —dijo el principal letrado de los que allà habÃa—, pero hagan el favor de respetar los derechos ajenos. Hasta ahora ya han infringido los derechos privados de veintisiete diferentes propietarios, eso sin contar la propiedad y los privilegios especiales de la Junta del Distrito Urbano, nueve Concejos parroquiales, una Diputación provincial, dos CompañÃas del gas y una CompañÃa ferroviaria…
—¡Demonios! —dijo el mayor de los chicos Cossar.
—Tendrán ustedes que desistir…