El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Aún ahora hay esperanzas…, esperanzas abundantes, con tal que estemos seguros de lo que queremos y de lo que nos proponemos destruir. La masa del pueblo está con nosotros, muchÃsimo más de lo que lo estaba hace unos años. La ley está con nosotros, la constitución y el orden de la sociedad, el espÃritu de las religiones oficiales, las costumbres y los hábitos del género humano están con nosotros y en contra del Alimento. ¿Por qué razón deberÃamos contemporizar? ¿Por qué razón tenemos que mentir? Aborrecemos todo eso, no lo queremos. ¿Por qué, pues, tenemos que soportarlo? ¿Intentas quedarte ahà gimiendo, en obstrucción pasiva, y nada más hasta que no quede un grano de arena en el reloj de nuestra vida?
Se calló de nuevo y, dando media vuelta, prosiguió:
—¡Mira aquel soto de ortigas allÃ! ¡En medio de ellas hay hogares… abandonados… donde en otro tiempo las familias de hombres sencillos dejaron que transcurrieran sus vidas honradas…!
Y después de una breve pausa, añadió dando media vuelta y señalando el sitio donde los Cossar estaban murmurando otro de sus agravios: