El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡MÃralos! Y yo conozco a su padre, un bruto, una especie de bestia con un vozarrón intolerable, una especie de salvaje caminando por nuestro mundo, demasiado magnánimo, durante más de treinta años. ¡Un ingeniero! Para él todo lo que para nosotros es querido y sagrado, nada representa. ¡Nada! Las espléndidas tradiciones de nuestra raza y de nuestro terruño, sus nobles instituciones, el orden, la amplia y lenta marcha de precedente en precedente que ha hecho la grandeza de nuestro pueblo inglés y la libertad de esta soleada isla…, todo eso para él son cuentos ociosos, dichos y olvidados. Cualquier paparrucha sobre el futuro vale más para él que todas estas cosas sagradas… Es ese tipo de hombre que no vacilarÃa en hacer pasar los ramales del tranvÃa sobre la tumba de su madre si creyera que el trayecto salÃa más barato… ¡Y aún piensas en contemporizar, en buscar alguna fórmula de compromiso que te permita vivir a tu modo mientras esa —esa maquinaria— vive en el suyo! Te digo que no hay remedio…, no hay remedio. ¡SerÃa lo mismo que hacer un tratado con un tigre! Ellos quieren que las cosas sean grandes y monstruosas… y nosotros queremos que sean normales y agradables. O lo uno o lo otro.
—Pero ¿qué puedes hacer tú?