El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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La joven se volvió hacia el recién llegado con sobresalto, lo vio y durante unos momentos permanecieron los dos mirándose. Para ella, la presencia de aquel joven fue tan asombrosa, tan increíble, que durante unos instantes al menos llegó a ser terrible. Él se acercó con la profunda sorpresa causada por una aparición sobrenatural; rompía todas las leyes establecidas en el mundo de ella. Era el joven entonces un muchacho de veintiún años, esbelto, con la misma tez morena y la misma gravedad de su padre. Iba vestido con ropas de sobrio y blando cuero, muy bien cortadas, que le daban un aspecto muy gallardo. Llevaba la cabeza descubierta en toda ocasión. Quedaron contemplándose; ella incrédulamente asombrada y él con su corazón latiendo desacompasadamente. Fue un momento sin preludio, el encuentro cardinal de sus vidas.

Para él la sorpresa fue menor. La había estado buscando y, no obstante, su corazón latía con gran rapidez. Se acercó a ella, despacio, con los ojos fijos en su semblante.

—Tú eres la princesa —dijo—. Mi padre me lo ha dicho. Eres la princesa a que le dieron el Alimento de los Dioses.

—Soy la princesa, sí —dijo ella, con los ojos abiertos de asombro—. Pero ¿tú quién eres?

—Soy el hijo del descubridor del Alimento de los Dioses.


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