El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Muy pronto dejaron de preocuparse de que en ellos y por ellos estaba tomando cuerpo un nuevo mundo de gigantismo sobre la tierra o de la perspectiva de una gran lucha entre grandes y pequeños en la que estaban destinados a participar, y pasaron a intereses a la vez más personales y amplios. Cada vez que se encontraban y se hablaban y se miraban, brotaba un poco más fuera del subconsciente el hecho de que habÃa algo que corrÃa en medio de ellos y les hacÃa cogerse de las manos. Y al poco tiempo dieron con las palabras apropiadas y se encontraron siendo novios, el Adán y la Eva de una nueva raza en el mundo. Juntos penetraron en el maravilloso valle del amor, en sus profundos y apacibles rincones. El mundo cambió a su alrededor a medida que cambiaba su modo de ser, hasta que pronto se hubo transformado, como si dijéramos, en un tabernáculo que se hacÃa más bello en cada uno de sus encuentros, y las estrellas ya no fueron más que flores de luz bajo los pies de su amor, y la aurora y el ocaso, cortinajes de colores. Cesaron de ser personas de carne y hueso el uno para el otro, y hasta para sà mismos; pasaron a ser una estructura corpórea de ternura y deseo. Primero se expresaron en susurros y luego en silencio, y se atrajeron más estrechamente y se contemplaron los rostros bañados por el juego de sombras y luces formado por la luna bajo el arco infinito del firmamento. Y los inmóviles y negruzcos pinos permanecieron junto a ellos como centinelas.