El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Los rítmicos pasos del tiempo se acallaron en el silencio y les pareció que el Universo quedaba inmóvil en suspenso. Sólo oían los latidos de sus corazones. Les pareció estar viviendo juntos en un mundo en el que no existía la muerte, y así era en realidad para ellos entonces. Les pareció que resonaba tal cúmulo de ocultos esplendores en el mismo corazón de las cosas como nadie había podido percibir hasta entonces. Hasta para las almas pequeñas y mezquinas, el amor es la revelación de todos los esplendores. Y ellos eran unos enamorados gigantes que se habían nutrido con el Alimento de los Dioses…
Podéis imaginaros la general consternación cuando llegó a saberse que la princesa que estaba prometida al príncipe, ¡Su Alteza Serenísima, con sangre real en sus venas!, se encontraba —con frecuencia— con el vástago hipertrofiado de un ordinario profesor de química, sin rango, posición ni fortuna, y que conversaba con él como si no existieran los reyes ni los príncipes, ni orden, ni sentido común… como si no hubiese nada más, en fin, —que Gigantes y Pigmeos poblando el mundo; hablaba con él, y, lo que era bien cierto, lo consideraba su novio.
—¡Si los chicos de los periódicos se enteran! —exclamaba, boquiabierto, Sir Arthur Poodle Bootlick.
—Yo he dicho —susurró el anciano obispo de Frumps.