El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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IV

—Dicen que tenemos que separarnos —explicó la princesa a su amante.

—Pero ¿por qué? —exclamó él—. ¿Qué nueva sandez se le ha metido a esa gente en la cabeza?

—¿Sabes que amarme… es un delito de alta traición? —preguntó ella.

—Querida mía —exclamó él—, ¿y eso qué importa? ¿Qué derecho ni sombra de razón tienen sobre nosotros…? Y sus traiciones y sus lealtades, ¿qué son para nosotros?

—Ya lo sabrás… Figúrate que se me presentó el hombrecillo más raro que imaginarte puedas, con una voz suave y hermosamente modulada, un pequeño caballero de movimientos exquisitos, que entró en mi habitación un poco de lado, como un gato, y que cada vez que tenía algo interesante que decir levantaba la mano poniéndola así. Es calvo, pero no del todo, su nariz y su rostro son unas cositas rechonchas y rosaditas, y lleva la barba muy cuidada y en punta, de un modo precioso. A veces pretendió demostrarme que la emoción le embargaba e hizo que sus ojos se pusieran brillantes. Tienes que saber que se trata de un amigo incondicional de la familia reinante y que me llamó su querida damita, y estuvo simpatiquísimo desde el principio.

«—Mi querida damita —dijo—, ya sabe usted que no debe…


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