El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Esto varias veces, y luego—: Usted tiene el deber…
—¿Dónde fabrican a esos hombres?
—ParecÃa que le gustaba ser como es.
—No veo porqué.
—Es muy cierto que hay algo…
—¿Quieres decir que…?
—Quiero decir que, sin saberlo, hemos estado pisoteando los sagrados conceptos de la gente pequeña. Nosotros, los que somos de sangre real, formamos una clase aparte. Somos prisioneros dorados, juguetes profesionales. Por ello pagamos el precio de perder… nuestra más elemental libertad. Y yo tenÃa que haberme casado con aquel prÃncipe… No sabes nada de él, claro. Es un prÃncipe pigmeo. Poco importa él… Parece que esto habrÃa estrechado los lazos entre su paÃs y el mÃo. Y aquel paÃs también sacarÃa provecho. ¡ImagÃnate…! ¡Estrechar los lazos!
—¿Y ahora?
—Quieren que continúe como si tal cosa… Como si no hubiera nada entre nosotros…
—¡Nada!
—SÃ. Pero esto no es todo. Dijo…
—¿Quién? ¿Tu especialista en Tacto?
—SÃ. Dijo que serÃa mejor para ti, que serÃa mejor para todos los gigantes, si nosotros dos… nos abstuviéramos de conversar. Asà fue como lo dijo.