El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Pero ¿qué pueden ofrecer a cambio?
—Dijo que te podrĂa conceder la libertad.
—¿A m�
—Dijo, acentuándolo mucho:
«—Mi querida damita, serĂa mejor, serĂa mucho más digno, que ustedes se separasen voluntariamente.
«Esto fue lo que dijo acentuando lo de “voluntariamente”.
—¡Pero…! ¿Qué les importa a esos desgraciados enanos si nos amamos o no nos amamos? ¿Qué tienen que ver ellos y su mundo con nosotros?
—Ellos no lo creen asĂ.
—Por supuesto que tú no le habrás hecho el menor caso.
—Me parece una solemne tonterĂa.
—¡Que sus leyes tengan que aherrojarnos! ¡Que en la primavera de la vida tengamos que someternos a sus antiguos compromisos, a sus insulsas instituciones! ¡Oh, no les hagamos caso!
—Yo soy tuya. Hasta aquĂ… estoy contigo.
—¿Hasta aqu� ¿No es esto todo?
—Pero es que ellos… si quieren separarnos…
—¿Y qué pueden hacer?
—No lo sé. ¿Qué podrán hacer?