El alimento de los dioses
El alimento de los dioses »Lo cogà con mucho cuidado —él gritaba y pataleaba— y lo aparté de mi camino. Al cabo de un minuto todos los campos a mi alrededor parecÃan haber cobrado vida con la multitud de hombres que corrÃan. Vi a uno montado a caballo, galopando a mi lado, que me leÃa algo a los gritos mientras galopaba… Cuando hubo terminado, dio media vuelta y se alejó de mà a galope y con la cabeza baja. No pude entenderlo. Y entonces a mi espalda oà el chasquido de fusiles.
—¡De fusiles!
—De fusiles… Igual que cuando disparan contra los ratones. Esas balas volaron por el aire con un ruido como si rasgaran algo, y una me dio en la pierna.
—¿Y tú…?
—Vine aquà a buscarte, y los dejé corriendo, gritando y disparando detrás de mÃ. Y ahora…
—Ahora, ¿qué?
—Es sólo el comienzo. Quieren que nos separemos. Ahora mismo están todavÃa persiguiéndome.
—Pero no nos separaremos.
—No. Pero si no nos separamos… tendrás que venir conmigo a casa de nuestros Hermanos.
—¿Por dónde se va? —preguntó ella.
—Hacia el este. Por allà es donde aparecerán mis perseguidores. Por consiguiente, debemos ir por esta otra parte, por esta avenida de árboles. Déjame que pase delante, por si nos están esperando…