El alimento de los dioses

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Dio un paso adelante, pero ella le había cogido del brazo.

—¡No! —exclamó—. Yo iré a tu lado, sosteniéndote. Soy de sangre real y, por lo tanto, sagrada. Si te tengo cogido en mis brazos, ¡y ojalá Dios permitiera que pudiese volar con mis brazos alrededor de tu cuello!, puede ser que no disparen contra ti…

Lo aferró del hombro, apretándose contra él mientras hablaba.

—Puede ser que no disparen contra ti —repitió ella y, con súbita pasión, el joven la cogió en sus brazos y la besó en la mejilla. La tuvo así cogida durante un rato.

—Aunque signifique la muerte —susurró ella.

Después le pasó las manos por el cuello y acercó su cara a la de él.

—Amado mío, bésame una vez más.

Él la atrajo hacia sí. Silenciosamente se besaron en los labios, y durante un momento permanecieron abrazados. Luego, cogidos de la mano, y procurando mantenerse muy juntos, echaron a andar para ver si por casualidad podían llegar al campamento de refugio que los hijos de Cossar habían construido, antes de que les alcanzaran sus perseguidores.


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