El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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II

Siempre que pienso en el joven Caddles me lo imagino tal como se lo vio en la New Kent Road, con el cálido sol de pleno en su rostro, atento y perplejo. La New Kent Road estaba inva-dida por un verdadero aluvión de autobuses, tranvías, camiones, carros, carretones, bicicletas y automóviles, y por una muchedumbre maravillada —vagos, mujeres, niñeras, amas de casa, niños y osados adolescentes— que seguían sus cautelosos pasos. Los tableros de anuncios estaban sucios con los rasgados restos de los carteles electorales. Un gran balbuceo de voces surgía alrededor del joven Caddles. Uno puede volver a imaginarse clientes y tenderos asomados a las puertas de las tiendas, rostros que aparecían y desaparecían en las ventanas, rapazuelos callejeros corriendo y gritando, policías muy tiesos y calmos, albañiles saltando sobre los andamios, la hirviente miscelánea de las pequeñas gentes. Todos le dirigían palabras vagas infundiéndole ánimos, insultándolo o dándole las consignas del día, y él los miraba asombrado, contemplando aquella multitud de seres vivientes que nunca pudo imaginar que existieran en el mundo. Cuando ya había entrado plenamente en Londres, tuvo que ir acortando el paso cada vez más, a medida que la gente se iba agrupando en mayor número alrededor de él. La muchedumbre se hacía más densa a cada paso que daba, y finalmente, en un cruce donde convergían dos grandes avenidas, tuvo que detenerse y la muchedumbre se esparció a su alrededor y lo inmovilizó. Allí se quedó, con las piernas separadas, apoyando la espalda en la esquina de una gran taberna lujosa que se alzaba a una altura que doblaba la suya y terminaba en un gran rótulo que se destacaba contra el fondo del cielo. Caddles miraba hacia abajo, hacia los pigmeos, y se preguntaba, intentando, sin duda, comparar todo aquello con las otras cosas de su vida: con el valle entre colinas, los amantes nocturnos, los cánticos en la iglesia, la pizarra que machacaba a diario y el instinto, la muerte y el firmamento, intentando verlo todo como un conjunto coherente y significativo. Tenía las cejas fruncidas. Se rascó la cabeza con una de sus enormes zarpas y profirió un fuerte gruñido.


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