El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡No lo veo! —dijo.
Su acento era desconocido. Un gran murmullo se extendió a través de aquel espacio abierto, un murmullo entre el que el campanilleo de los tranvÃas, abriendo obstinados surcos por entre la gran masa de gente, se elevaba como amapolas en un campo de trigo.
—¿Qué ha dicho?
—Dice que no ve…
—Dice que no ve el mar…
—Dice que no hay un asiento…
—Quiere un asiento…
—¿No puede el muy tonto sentarse encima de una casa o algo por el estilo?
—¿Para qué estáis aquÃ, gente pequeña? ¿Qué estáis haciendo? ¿Para qué servÃs? ¿Qué estáis haciendo aquà mientras machaco pizarra para vosotros, allá abajo, en la cantera?
Su extraña voz, aquella voz que tanto habÃa contribuido a quebrantar la disciplina escolar en Cheasing Eyebright, hizo callar a la muchedumbre mientras resonó, y al callarse produjo un verdadero tumulto. Algún gracioso gritó:
—¡Que hable! ¡Que hable!
—¿Qué está diciendo?
Esto es lo que se preguntaba todo el mundo y se extendió el rumor de que el gigante estaba borracho.