El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! —voceaban los conductores de ómnibus, abriéndose paso entre la muchedumbre.
Un marino americano borracho iba inquiriendo lacrimosamente por todas partes:
—Pero ¿qué quiere?
Un trapero con la cara sucia, de pie en un carro tirado por un pony, destacaba de la multitud por la potencia de su voz.
—¡Vuélvete a casa, maldito gigante! —vociferaba—. ¡Vuélvete a casa! ¡Gigante maldito! ¡Animal peligroso! ¿No ves que asustas al caballo? ¡Vete a casa y no vuelvas! ¿No ha habido nadie que haya tenido el sentido común de explicarte la ley?
Y, por encima de estos bramidos, el joven Caddles seguÃa mirando, a todos, los ojos muy abiertos, sin decir palabra.
Por una calle lateral apareció una pequeña fila de solemnes policÃas, que se infiltraron hábilmente por entre el tránsito.
—Apártense —decÃan las vocecillas—. Circulen, hagan el favor.
El joven Caddles se dio cuenta de que una figurilla vestida de azul oscuro le estaba golpeando la espinilla. Miró hacia abajo y percibió dos manos gesticulando.
—¿Qué? —inquirió inclinándose.
—No puede estar parado aquà —gritó el policÃa.