El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se dice que cogió a una dama, sacándola por las buenas de un carruaje, en Kensington, una dama en traje de noche elegantísimo, y después de haberle mirado detenidamente el atavío y los omoplatos, volvió a dejarla —con algún descuido— en su sitio exhalando un profundísimo suspiro. Sin embargo, eso yo no podría asegurarlo. Cerca de una hora permaneció observando cómo la gente luchaba para coger sitio en los autobuses al final de Piccadilly. Aquella tarde se lo vio mirando por encima del recinto de Kensington Oval durante unos momentos, pero cuando vio aquellos millares de personas embelesadas con los misterios del cricket y sin hacerle el menor caso, prosiguió su camino profiriendo un gruñido.
Volvió otra vez a Piccadilly Circus, entre once y doce de la noche, encontrándose con un nuevo tipo de multitud, formada por personas muy decididas, llenas de propósitos que, por motivos inconcebibles, estaban dispuestas a realizar, y de otras que no los realizarían a ningún precio. Estas personas lo miraron fijamente, se burlaron de él y siguieron su camino. Los cocheros, con ojos de buitre, iban siguiéndose unos a otros continuamente a lo largo del borde de la poblada acera. La gente salía de los restaurantes o entraba en ellos, personas graves, resueltas, dignas, o amable y agradablemente excitadas, o atentas y vigilantes, prevenidas contra los fraudes de los camareros.