El alimento de los dioses

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IV

El vagabundeo de Caddles por Londres culminó la mañana del segundo día. Porque entonces se vio dominado por el hambre. Vaciló un poco ante el aroma de un carro que estaba siendo cargado de hogazas de pan recién horneadas, pero luego, muy quedamente, se arrodilló y empezó a coger hogazas y a comérselas. Vació el carro mientras el panadero echaba a correr en busca de la policía, y después metió la mano en el negocio y limpió el mostrador y los cajones. Luego, con un verdadero haz de panes debajo del brazo, siguió su camino mirando a todas partes en busca de otra tienda donde completar su comida. Sucedió esto en una de aquellas épocas en que el trabajo era escaso y los alimentos caros, y la gente de aquel barrio simpatizó con el gigante, puesto que cogió tranquilamente los víveres que todos deseaban. Aplaudieron la segunda fase de su comida y se rieron de la estúpida mueca con que obsequió al policía.

—Tenía mucha hambre —explicó, con la boca llena.

—¡Bravo! —gritó el gentío—. ¡Bravo! Luego, cuando comenzaba a actuar en la tercera panadería, se vio atacado por media docena de policías que le golpearon las espinillas con sus porras.

—¡Oiga, amigo gigante, véngase usted conmigo! —dijo el oficial al mando—. No le está permitido escaparse de su casa de este modo… Venga que lo llevaré a su casa.


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