El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¿Y le dispararon?
—No, señor. Echaron a correr. Hubo alguien que disparó contra él… sin apuntar… y en contra de las órdenes recibidas.
Redwood hizo una mueca de incredulidad.
—¡Es verdad, señor! No quiero alegar que fuera a causa de él, sino a causa de la princesa.
—SÃ. Eso es verdad.
—Los dos gigantes echaron a correr gritando hacia el campamento. Los soldados corrÃan de un lado para otro y algunos empezaron a disparar. Dijeron que le habÃan visto tambalearse…
—¡Oh…!
—SÃ, señor. Pero sabemos que no está malherido…
—¿Cómo?
—¡Nos ha enviado un mensaje, señor, diciéndonos que estaba bien!
—¿Para m�
—¿Para quién, pues, señor?
Redwood permaneció cerca de un minuto con los brazos cruzados y apretados, percatándose de todo. Después su indignación encontró la voz que habÃa perdido.
—Se han portado ustedes como unos tontos, han calculado mal y se han equivocado, y quiere usted que yo ahora crea que no son un hato de asesinos con la peor intención. Y además… ¿Qué más?