El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Su encuentro con Caterham fue totalmente distinto de como se lo había figurado. Había visto a aquel hombre sólo dos veces durante toda su vida, una vez en un banquete y otra vez en el salón de descanso de la Cámara de los Comunes, y su imaginación le había representado siempre, no el hombre, sino la creación de periódicos y caricaturistas, el legendario Caterham: Pulgarcito, el matador de gigantes, Perseo y todo lo demás. El elemento inherente a la personalidad humana le puso en desorden todo aquello.
No se encontró con el rostro de las caricaturas y retratos, sino con el de un hombre cansado y agobiado por el insomnio, un rostro arrugado y estirado, con el blanco de los ojos amarillento, con una boca de líneas débiles. Estaban allí, por cierto, los ojos castaño-rojizos, el pelo negro y el característico perfil aquilino del gran demagogo. Pero también había algo más que mataba de un golpe cualquier intento premeditado de retórica. Aquel hombre estaba sufriendo; estaba sufriendo agudamente una enorme tensión nerviosa. Desde el principio adoptó un aire como de personificarse a sí mismo. Al instante, con un solo gesto, con el más leve movimiento, le fue revelado a Redwood que Caterham se sostenía gracias a las drogas. El político introdujo el pulgar en el bolsillo de su chaleco, y después de unas frases más, prescindió de todo disimulo y deslizó un pequeño comprimido entre los labios.