El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Lo que más le preocupaba en aquellos momentos no era la potencia que defendía aquella fortaleza allá lejos, hacia el sur, ni la derrota, ni la muerte, sino el efecto de todas esas cosas sobre su mayoría, que constituía la realidad principal de su vida. Tenía que derrotar a los gigantes o resignarse a quedar políticamente deshecho. No estaba en absoluto desesperado. En aquella hora de su más tremendo fracaso, con sangre y desastres en las manos y la promesa segura de un desastre inminente todavía más terrible, con los destinos del mundo alzándose imponentes por encima de su cabeza, era aún capaz de creer que por simple efecto de su voz, por medio de explicaciones y declaraciones podría todavía reconstruir su poder. Estaba perplejo y afligido, sin duda alguna, muy cansado y dolorido, pero si tan sólo pudiera sostenerse como hasta ese momento, si pudiese continuar hablando.
A medida que Caterham hablaba, le parecía a Redwood que avanzaba y retrocedía, que se dilataba y se contraía. La participación de Redwood en la conversación fue puramente subsidiaria, como si fuera metiendo cuñas en ella, de vez en cuando: «Eso son tonterías…», «No…», «No vale la pena ni de insinuarlo…», «Entonces, ¿por qué empezó usted…?».