El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Es posible que Caterham ni siquiera lo oyera. Alrededor de estas interpolaciones, el discurso de Caterham fluÃa como un rápido torrente alrededor de una roca. Allà estaba, pues, aquel hombre increÃble, de pie sobre su alfombra oficial, hablando, hablando como si cualquier pausa de su charla, en sus explicaciones, en la exposición de sus puntos de vista y aspectos, en sus consideraciones y expedientes, fuera a permitir que alguna influencia antagonista entrara de un salto en la realidad… en la realidad oral, la única que él podÃa comprender. Allà estaba aquel hombre, en medio de los esplendores levemente deslucidos de aquella estancia oficial, en la que un hombre tras otro habÃan sucumbido a la creencia de que cierto poder de intervención era el control creador de un imperio…
Cuanto más hablaba Caterham, tanto más iba creciendo y afirmándose en Redwood una sensación de futilidad. ¿Se daba cuenta aquel hombre de que mientras estaba hablando, el mundo entero cambiaba? ¿Se daba cuenta de que la invencible marea, el crecimiento, iba en aumento más y más, y de que habÃa otras horas que las parlamentarias y otras armas en manos de los Vengadores de Sangre? Por fuera, oscureciendo la habitación casi por entero, una simple hoja de parra gigante de Virginia daba golpecitos en los cristales sin que nadie le prestara atención.