El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Redwood sintió el deseo de terminar aquel asombroso monólogo para escapar hacia la cordura y el sano juicio, hacia aquel campamento asediado, la fortaleza del futuro, donde, en el mismo núcleo de la grandeza, los Hijos se habÃan agrupado. Por esto aguantaba aquella charla. TenÃa la curiosa impresión de que, a menos que aquel monólogo terminara de una vez, se encontrarÃa arrastrado por él y que, por lo tanto, debÃa luchar contra la voz de Caterham del mismo modo que se lucha contra una droga. Los hechos se habÃan alterado y seguÃan alterándose bajo aquel encanto.
¿Qué estaba diciendo aquel hombre? Como Redwood tenÃa que transmitirlo a los Niños del Alimento, notó que aquello importaba mucho. TenÃa que atender a lo que decÃa el otro y mantener al mismo tiempo su sentido de la realidad tan bien como pudiera. Caterham hablaba mucho de delitos de sangre. Aquello era elocuencia. No tenÃa la menor importancia. ¿Qué venÃa después?
¡SugerÃa una convención!
SugerÃa que los Niños del Alimento sobrevivientes capitulasen y se marcharan a otra parte para formar una comunidad propia. Dijo que habÃa precedentes.
—Les podremos asignar un territorio…
—¿Dónde? —preguntó Redwood, dispuesto a discutir.