El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Qué tonterÃa! —exclamó Jane, dirigiéndose a Redwood—. ¡Oh, acabará usted con mi paciencia!
Dio media vuelta bruscamente y salió de la habitación dando un portazo.
—Y es una gran satisfacción para mà también poder contemplar este ejemplar, Bensington —dijo Redwood cuando el eco del portazo se hubo amortiguado—. A pesar de ser tan enorme.
Sin previa invitación por parte de Bensington, Redwood se sentó en el bajo sillón junto al fuego y confesó cierto proceder que hasta en un hombre no cientÃfico habrÃa sido indiscreto.
—Creerá usted que he obrado de un modo temerario, Bensington, ya lo sé. Pero lo cierto es que puse un poco… —no mucho— pero, en fin, algo de eso… en el biberón de mi hijo, hará cosa de una semana.
—Pero ¿y si…? —exclamó Bensington.
—Lo sé —murmuró Redwood, echando una ojeada al pollo gigante que estaba en una fuente sobre la mesa; y prosiguió, hurgándose el bolsillo, en busca de cigarrillos—: Todo ha salido bien, gracias a Dios.
En seguida se puso a dar detalles fragmentarios.