El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—El pobrecillo no aumentaba de peso… desesperadamente ansioso… Winkles es un solemne imbécil…, fue discípulo mío…, muy malo… la señora Redwood…, inquebrantable confianza en Winkles… Ya conoce usted el tipo, un hombre de esos con aire superior…, altanero y dominante… Ninguna confianza en mí, claro está… Le enseñé a Winkles… Casi ni podía entrar en el cuarto del niño… Había que hacer algo… Me deslicé allí mientras la niñera estaba desayunando… y cogí el biberón.

—Pero crecerá —dijo Bensington.

—Ya crece. Ochocientos diez gramos la semana pasada. Tendría usted que oír a Winkles. Son sus cuidados, dice.

—¡Mi querido! ¡Eso es lo que dice Skinner!

Redwood volviĂł a echar una ojeada al pollo.

—Lo peor es que no sé cómo seguir adelante —dijo—. No quieren dejarme solo en el cuarto del niño porque antes quise trazar la curva del peso de Georgina Phyllis —usted ya sabe— ¿y cómo voy a poder darle una segunda dosis?

—¿Es necesario?

—Hace dos días que llora sin parar… Ahora ya no quiere su comida ordinaria. Quiere algo más.

—Dígaselo a Winkles.

—¡Que lo ahorquen!


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