El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —PodrÃa usted ir a Winkles y darle los polvos para que se los diera al niño…
—Eso será lo que me veré obligado a hacer, si me veo obligado —dijo Redwood, apoyando el mentón en el puño y mirando fijamente el fuego.
Bensington se quedó un rato alisando el plumón de la pechuga del pollo gigante.
—Serán unas aves monstruosas —afirmó.
—Lo serán —dijo Redwood sin apartar los ojos del fuego.
—Grandes como caballos —dijo Bensington.
—Mayores aún —dijo Redwood—. ¡Eso es lo que ocurrirá!
Besington se apartó del espécimen.
—Redwood —dijo—, estas aves van a causar sensación.
Redwood asintió, inclinando la cabeza hacia el fuego.
—¡Y por Júpiter! —dijo Bensington, volviéndose con un gran destello en sus lentes—. ¡También causará sensación su hijo!
—Esto es precisamente lo que estoy pensando —dijo Redwood.
Se reclinó, suspiró, arrojó al fuego su cigarrillo a medio consumir y metió profundamente las manos en los bolsillos del pantalón.